Revista Filosófica de Coimbra, vol. 28, n.º 55 (2019) ISSN: 0872 -0851 DOI: https://doi.org/10.14195/0872-0851_55_3

He present text seeks to synthesize ten major theses that account for the multiple levels of experience about the body. The origin of these considerations is radically philosophical and its consequences affect both the general scope of the arts and the very statute of philosophy. Phenomenology is the main theoretical lan-dmark of reference. The propositions are presented as a practical resource to broa-den the reflection on the thought and the extension on the lived body, the spatiality and the spatialization. Distinction, separation, distance, interiority, exteriority, the experience of the inner body (Leib) and the external body (Körper) and the levels of spatiality will be some of the critical issues discussed. The phenomenological distinction between Phantasia and imagination will be the key to thinking about the unfolding of subjectivity and the body after the phenomenological reduction. We propose here to think of the register of an intermediate body or of a medium subjec-tivity, which corresponds to the level of perceptual Phantasias, and whose income is both aesthetic and ethical, developed by phenomenological philosophy.

O presente texto trata de sintetizar dez grandes teses que dão conta dos múltiplos níveis da experiência sobre o corpo. A origem destas considerações é radicalmente filosófica e suas consequências afetam tanto o âmbito geral das artes quanto o estatuto mesmo da filosofia. A fenomenologia é o principal marco teórico de referência. As proposições apresentam-se como um recurso prático para ampliar a reflexão sobre o pensamento e a extensão, sobre o corpo vivido, a espacialidade e a espacialização. A distinção, a separação, a distância, a interioridade, a exterioridade, a experiência do corpo interno (Leib) e do corpo externo (Körper) e os níveis de espacialidade, serão algumas das questões críticas expostas. A distinção fenomenológica entre Phantasia e imaginação será chave para pensar o desdobramento da subjetividade e do corpo depois da redução fenomenológica. Proporemos, aqui, pensar o registro de um corpo intermediário, ou de uma subjetividade média, que corresponde com o nível das Phantasias perceptivas, e cujos rendimentos são tanto estéticos quanto éticos, desenvolvidos pela filosofia fenomenológica.

 

[Traducción al castellano]
Die Kunst ist das Reich gestalteter Phantasie,
perzeptiver oder reproduktiver, anschaulicher,
aber zum Teil auch unanschaulicher.
Vol. XXIII. Text. nr. 18 (1918)

 

  1. Introducción.

La exposición que van a leer a continuación es un texto sintético que expone la lectura arquitectónica del filósofo belga Marc Richir y la lectura estromatológica del filósofo español Ricardo Sánchez Ortiz de Urbina. El origen del problema planteado es radicalmente filosófico. Las tesis pueden parecer reiterativas, porque su trascendencia converge en diferentes disciplinas y ámbitos de aplicación. Esta investigación pretende extender las consideraciones filosóficas sobre el cuerpo a la fenomenología, a la ética y a la teoría estética, sin determinar el resto de los diferentes ámbitos en la exposición. Será la antigua noción de “cuerpo” la que aquí se verá ampliada por la filosofía fenomenológica, tal como se desarrolla en el siglo XX y a partir del pensamiento de Husserl.

La amplitud de los objetivos propuestos exige la difusión y crítica de algunas de las cuestiones básicas que afectan a este discurso. Si bien la exposición de las tesis no es completa, queda justificada en su aproximación teórica a los fenómenos más originarios. No se trata de una exploración histórica, tampoco de una síntesis informativa, sino un desarrollo de las tesis.

El siglo XX ha mostrado su atención a uno de los fenómenos más radicales para el ser humano: el Cuerpo. La historia del pensamiento occidental toma este fenómeno como una “carta robada”. Sus aproximaciones han sido siempre determinadas por el marco ontológico sobre el que se han gestado. Los ejemplos son múltiples: desde el idealismo occidental hasta el materialismo. Tanto la tradición dualista como el mecanicismo racionalista o el organicismo positivista han disuelto el fenómeno en un plano, trascendental o naturalista. La fundamentación histórica de la reflexión sobre el cuerpo es un ejemplo de aproximación a los modos en los que la subjetividad humana constituye la realidad a partir de la pura materialidad.

La experiencia estética y la experiencia del arte, y su íntimo contacto con la experiencia de lo común, harán que el cuerpo evidencie, impúdicamente, los dinamismos propios de la subjetividad en la constitución del mundo. Ello conlleva una reflexión sobre las condiciones que hacen posible la experiencia y sobre la consistencia misma de la subjetividad. Sin necesidad de reflexión, tales condiciones tendrán su exhibición en el mundo de la vida, en la objetividad y en la efectividad. Sin embargo, el cuerpo se habrá vuelto un fenómeno más, en una arquitectónica que despliega el proceso de constitución de la realidad. De ahí que estas descripciones, puramente fenomenológicas, den cuenta de las prácticas del ser humano, desde las más lúdicas a las más reaccionarias, desde las más impúdicas a las más trascendentales.

La corporeidad en la experiencia del arte ha de exhibir el quiasmo en el que se entrecruzan los caminos del sentido y la consistencia de la subjetividad ante las cosas mismas. Desde que Descartes concibiera el sarcófago cogitativo en las profundidades de la sustancia, el cuerpo no ha dejado de ser un problema para la filosofía occidental. El juego, la danza, la construcción del espacio, su representación, se han servido de sus dinamismos y efectuaciones. La más cruda reacción ha tomado al cuerpo como el límite del secuestro, la tortura o la negación. Sin embargo, sus potencialidades han mostrado una utopía de emancipación y de esperanza. Y tal esperanza se hace ostensible, una vez más, en su contacto con el arte, como forma radical y última de exhibición.

La idea filosófica de intencionalidad es la idea de ruptura del naturalismo, es decir, de la concepción de la humanidad, pese a todos sus atributos racionales y eidéticos, como una continuación de la naturaleza. La superación del naturalismo exige una epokhê radical, capaz de la hypérbasis que nos conduce al origen de la hýlê (materia) desde lo que ha sido puesto en suspensión: las experiencias concordantes, efectivas y posibles, normales y científicas que constituyen el nivel inferior del mundo vivido. El descubrimiento de una intencionalidad “objetiva” nos mostrará esta suspensión de la realidad en-sí del naturalismo; según el cual, en la interpretación clásica de la scala naturæ, lo humano sería una continuidad de la organización de la materia: materialidad, vitalidad, animalidad, humanidad. La suspensión y la inversión de lo natural rompen la continuidad aparente de la scala naturæ, dando lugar a una escala con registros o niveles fenomenológicos. Es en esta escala donde deberemos ubicar el despliegue arquitectónico del cuerpo.

Para el despliegue tras la reducción hay que atravesar dos barreras: la objetividad y la identidad. Los efectos de la suspensión del naturalismo (psicologista, sociologista, etc.) a través de esta epokhê, abren paso al campo intencional, que se extiende desde el nivel de las correlaciones subjetivas hasta el nivel de las síntesis sin identidad, donde las subjetividades ya no son subjetividades psicológicas. El despliegue arquitectónico del cuerpo tras la epokhê nos descubrirá los diferentes niveles de espacialidad y temporalidad que corresponden en el movimiento de la reducción con la serie fenomenológica, y es en esa serie donde deberemos correlacionar el registro arquitectónico que corresponde al cuerpo en la experiencia estética.

En “La fenomenología de la corporeidad y el problema de la materia”, en su obra Phänomenologie und Geschichte, Ludwig Landgrebe, el asistente de Husserl, indicaba que en Ideas II se describe el nexo de unión entre la fenomenología del cuerpo y el problema de la materia. Todas las determinaciones espaciales se originan y tienen su anclaje en este aquí y ahora que es mi propio cuerpo. Si el cuerpo propio se pudiera reducir a mera cosa espacial no podría ser fuente de la espacialidad. Si fuera un ojo fijo nos ofrecería un espacio carente de profundidad, de espesor y de dirección. El cuerpo que constituye el espacio de las cosas percibidas no es solamente un centro fijo, en el sentido de que todas las cosas se hallan situadas en torno a él. El cuerpo propio es el portador del punto cero de toda orientación, de todo aquí y de todo ahora, cuya red de percepciones es un libre curso de sensaciones que abre el sentido de la espacialidad. El cuerpo se constituye a través de sensaciones localizadas. Esta localización apunta a campos de sensaciones en formación. La vivencia del cuerpo es una unidad de órganos móviles quinestésica y sensitivamente, que enlaza el sintiente con el sensible, tal como describirá Merleau-Ponty, donde la noción de punto cero de orientación se entiende como la del sentido de la espacialidad del propio cuerpo coordinando y dando estabilidad a las diferentes sensaciones. Esta estabilidad y coordinación de movimientos corporales es lo que el propio Merleau-Ponty llamará esquema corporal. El concepto del cuerpo vivido o esquema corporal dará sentido a los dinamismos del cuerpo para dar forma al campo de la percepción.

El despliegue arquitectónico del cuerpo tras la epokhê nos descubrirá los diferentes niveles de espacialidad y temporalidad que corresponden al movimiento de la reducción en la serie fenomenológica.  De este modo, nuestra concepción del cuerpo quedará sometida a un ensanchamiento o ampliación, desenvolviéndose entre las capas escalonadas de constitución que se abren en la reducción. Concluiremos que entre los hiatos que separan por traspasibilidad los diferentes regímenes arquitectónicos de esta serie fenomenológica se exhibe un “cuerpo intermedio”, que corresponde con una subjetividad media, en el que se da cuenta, a la vez, y paradójicamente, de los rendimientos estéticos de la experiencia del arte y de los rendimientos éticos del encuentro “intersubjetivo”.

A continuación, podrán encontrar tres tesis fundacionales que dan cuenta de la relación entre la reducción fenomenológica y la experiencia estética, poniendo en evidencia la estratificación de la espacialidad y de la temporalidad. Además, se hará ostensible la exhibición de la consistencia de la subjetividad en sus diferentes registros fenomenológicos, ubicando la exigencia de la corporeidad en las síntesis que constituyen la realidad. Seguidamente, tropezarán con la primera distinción fenomenológica: Leib-Körper. Tal distinción abrirá el despliegue de características del cuerpo vivido: orientación, libertad kinestésica, localidad e interioridad. Estas características serán cruciales para entender la naturaleza de la corporeidad en la experiencia del arte. Antes del desenlace de la exposición, hallarán la segunda distinción fenomenológica: Phantasia-Imaginación. Éste será el nexo necesario para determinar el espacio de intermediación en el que tenemos experiencia del arte y del “otro” a través del cuerpo en phantasia perceptiva. Por último, la incursión del espacio en el tiempo nos hará comprender la naturaleza más íntima de este cuerpo como temporalidad.

 

  1. Tres tesis fundacionales.

En primer lugar, tanto el arte como la filosofía proceden por reducción (anábasis), y en las dos reducciones, estética y fenomenológica, los obstáculos que hay que superar son equivalentes. En ambos casos hay que romper en primer lugar la barrera eidética, después la barrera de lo posicional y finalmente la barrera de la identidad (estructura simbólica).

Esta es la tesis principal. En ella convergen todos los planteamientos teóricos. Las relaciones Arte-Filosofía han sido históricamente abordadas desde el nexo común del paralelismo entre sus reducciones. Tanto las consideraciones clásicas como los planteamientos de la modernidad y de la teoría estética contemporánea han convergido en esta cuestión. Una cierta negatividad, identificada en un contexto idealista, fue interpretada desde la antigüedad como este movimiento de anábasis que nos aproxima al fenómeno en su proceso de fenomenalización, al sentido en su hacerse, al mundo en su continuo origen y a la materialidad misma de las cosas. Hipostasiar el nombre del arte o solidificar el movimiento de las ideas ha roto todavía más, si cabe, los puentes sobre la realidad. En consecuencia, este movimiento de reducción paralelo ha sido interpretado en ambos casos como forma de diversión, de inversión y de subversión.

Ambas reducciones, la fenomenológica y la estética, parten del mismo estrato, la objetividad. En ambos casos el punto de partida son los objetos percibidos, los movimientos, los constructos reconocibles mediante síntesis de identificación. Tales síntesis son orientadas, animadas, por significaciones, en un nivel de estabilidad y determinación intersubjetiva. Ambas reducciones conducen a un nivel en el que no hay significatividad alguna que dirija una intencionalidad, tan sólo pretensiones de sentido, en tanto que sentidos haciéndose y deshaciéndose, acompañados de apariciones de sensaciones totalmente indeterminadas y en un permanente contacto con la pura materialidad.

En segundo lugar, tras la reducción estética y fenomenológica tanto la experiencia de la espacialidad como la de la temporalidad quedan estratificadas y los fenómenos se exhiben en diferentes niveles arquitectónicos. El hacerse originario del espacio, el espacio topológico donde se deslindan la interioridad y la exterioridad, y la espacialidad objetiva, el espacio de puntos y distancias, se despliegan de un modo conjugado junto a la experiencia del tiempo: la temporalización, el presente continuo y el tiempo objetivo.

Esta segunda tesis afecta a la conjugación y resolución mutua de tiempo y espacio. La fusión de temporalidad y espacialidad que se exhibe de un modo patente en la experiencia de las artes, y especialmente en la música y en la danza, se despliega en un nivel de subjetividad ajeno al espacio topológico y al tiempo cronológico. El enigma que supone este “hacerse” el espacio  y el tiempo se extiende al “hacerse” de una subjetividad sin consistencia. La experiencia estética y la reducción fenomenológica detienen, suspenden, la continuidad de la serie natural del mundo, el naturalismo, mostrando el desajuste radical del tiempo y del espacio en torno al cuerpo vivido.

En tercer lugar, el hacerse del espacio y el hacerse del tiempo se corresponden con el despliegue de una subjetividad no constituyente, que todavía no es egoica, y de unas síntesis que todavía no poseen identidad. La subjetividad debe ser corpórea para que las oleadas de campos sensibles se distribuyan en movimientos kinestésicos, agrupados en sistemas kinestésicos subjetivos, asociados a su vez, en dependencia recíproca, con síntesis estésicas. Las sensaciones se cambian desde los movimientos kinestésicos.

Esta tercera tesis es una consecuencia directa de la anterior. En este nivel de reducción, estética y fenomenológica, la necesaria conexión entre una subjetividad todavía en formación y unas sensaciones liberadas, campos sensibles desanclados, exige una solución radical: la subjetividad es corpórea. El cuerpo se convierte en célula insituable y punto cero de espacialización. Los movimientos kinestésicos de una subjetividad corpórea van acoplándose a sensaciones esquemáticas en búsqueda de sentido.

 

  1. Primera distinción fenomenológica.

Tras ambas reducciones, estética y fenomenológica, la subjetividad se exhibe o despliega en diferentes niveles arquitectónicos, delimitados por el tránsito de las síntesis activas a la pura pasividad. En la medida en la que avanzan ambas reducciones (anábasis), se produce un desvanecimiento acentuado del tipo de operaciones del sujeto. La subjetividad misma va reduciéndose: orientación, localidad e interioridad. Temporalidad y espacialidad quedan afectadas por la vivencia del cuerpo interno (Leib) y por la ostensión objetiva y posicional del cuerpo externo (Körper). 

En consecuencia, las tres tesis anteriores suponen la radical distinción entre el Leib (cuerpo interno) y el Körper (cuerpo externo). Esta distinción ha sido ampliamente tematizada por el pensamiento contemporáneo. El cuerpo vivido no es una subjetividad sustancial, sino el titular anónimo hacia el que se encaminan las perspectivas del paisaje, tal como describe Merleau-Ponty. La fenomenología convertirá en tema central el cuerpo vivido o fenoménico (Leib) distinguiéndolo del Körper o cuerpo objetivo. Tal distinción no responde a un dualismo ontológico. La distinción fenomenológica Leib-Körper separa los modos de expresión del cuerpo objeto, físico, natural, el cuerpo fenoménico (Leib), el vivencial, el que todos sentimos y somos, y el cuerpo quiasmático en el que aparece el cuerpo tanto como cuerpo-tenido como el cuerpo-vivido.

El cuerpo es lo que orienta en el mundo a cada ser, su punto cero espacio-temporal. Los actos perceptivos son siempre corporales, pero no constituyen el cuerpo como tal. El cuerpo es constituido intencionalmente por una compleja relación reflexiva que mantiene consigo mismo cuando percibe mediante uno de sus órganos otros que están en acción. El cuerpo es vivido reflexivamente. Si el cuerpo-objeto es el depositario de procesos fisiológicos automáticos y el fondo de todas nuestras actividades, el cuerpo fenoménico es la expresión y realización de las intenciones, proyectos y deseos.

 

  1. Cuatro características.

En primer lugar, frente al espacio métrico, con puntos y distancias, conjugado con el tiempo continuo de presentes, se encuentra la espacialidad de orientación, que media entre la espacialización, el hacerse del espacio, y el espacio métrico de distancias de las operaciones intersubjetivas. En esta espacialidad de orientación, y sin necesidad del anclaje de unas distancias fijas, se manifiesta la interioridad frente a la exterioridad dimensionada. Este espacio ha sido denominado lugar o espacio de situación (sinere), con sus dos funciones básicas: orientación y exteriorización.

Tras la reducción, estética y fenomenológica, expuesta en las tres primeras tesis, la suspensión e inversión de lo natural ha roto la continuidad aparente del movimiento de la naturaleza, escindiendo la espacialidad en una espacialidad de orientación y en una espacialidad métrica. La espacialidad topológica media entre la espacialización y el espacio objetivo, siendo un espacio de orientación sin coordenadas; un espacio de lugares sin distancias; un espacio como apertura a la interioridad frente a la exterioridad del mundo. No hay distancias desde un centro privilegiado, sino direcciones privilegiadas desde un centro de orientación. Tal centro de orientación es un topos, un lugar, que permite explorar interminablemente los ejes de orientación del cuerpo.

En segundo lugar, la espacialidad topológica de orientación es un espacio con lugares pero sin distancias, en el que el ego como centro de orientación establece lo que es interior y lo que es exterior. La libertad kinestésica es esa espacialidad originaria donde el sistema kinestésico corpóreo se va vinculando o adhiriendo libremente a un campo de sensaciones en busca de un óptimo.

En la espacialidad de orientación expuesta en la tesis anterior, y que media entre la espacialización originaria y el espacio objetivo, se van ajustando las impresiones puramente materiales y las sensaciones sentidas. En lugar de un centro absoluto de coordenadas, tenemos un centro de orientación. El cuerpo se despliega como célula de espacialización, y anterior al espacio medible según dimensiones exactas se da el lugar y las direcciones privilegiadas de acción: aproximación-lejanía, derecha-izquierda, arriba-abajo. Tal despliegue conlleva la libertad de recorrer espontáneamente el espacio de orientación sin determinar si las direcciones son o no las correctas.

En tercer lugar, la representación del cuerpo en su constante exploración del espacio de orientación se expresa en la práctica artística. El arte exhibe el hacerse de los singulares corpóreos y el hacerse de los caminos de sentido que se integran, en mutua correspondencia, con el hacerse de la espacialidad y de la temporalidad. En esa “ciega” exploración, el cuerpo vivo se convierte en un lugar-suelo, en un lugar-hogar, ajeno al lugar temporal y espacial de la Tierra como sistema de lugares. El cuerpo resulta ser un aquí absoluto impulsado kinestésicamente en un horizonte interminablemente abierto.

La exploración libre del espacio de orientación que hemos descrito en las dos últimas tesis conlleva necesariamente la aproximación fenomenológica al cuerpo vivo (Leib) como espacio de localidad. En ese caso no hay distancias desde un centro privilegiado, sino direcciones privilegiadas desde un centro de orientación cuyo aquí absoluto es un topos, un lugar (orientación, localidad e interioridad). Los ejes de orientación del cuerpo son previos a los ejes cartesianos de la espacialidad del siguiente nivel y ajenos a la Tierra como sistema de lugares. Sin embargo, al identificar el cuerpo en fantasía perceptiva (Phantasia), ni el lugar temporal ni el espacial son perceptibles. Así pues, el espacio kinestésico en el que se mueve el cuerpo es un sistema de lugares kinestésicos posibles en cuanto puntos de detención, inicios y finales de tranquilidad de acciones kinestésicas continuas. Tal posibilidad constituye la condición necesaria para que el arte, en su interminable rastreo de la orientación y la localidad, se presente como experiencia.

En cuarto lugar, en la experiencia del arte se cruzan la interioridad-exterioridad del espacio de distancias y la interioridad-exterioridad del espacio de lugares. El aquí absoluto del cuerpo vivido (Leib), como lugar privilegiado de orientación, conlleva necesariamente la experiencia de la interioridad como límite inmóvil.

Tal como ha quedado descrito en las tesis anteriores, la espacialidad originaria en la que se exhibe la experiencia del cuerpo en el arte, su orientación y su localidad, exigen forzosamente abordar la interioridad como tercera característica de este espacio de intermediación. Como el Leib no es un cuerpo, la noción aristotélica del lugar como límite inmóvil inmediato de un todo físico se rompe, y el Leib como lugar desborda el cuerpo para ir al encuentro de otros aquíes absolutos como lugares análogos. El aquí absoluto del cuerpo en el arte es, paradójicamente, un “interior” exterior. La interioridad de este Leib no es sino su lugar, el límite inmóvil, aunque insituable en el espacio, que envuelve al Leibkörper.

 

  1. Segunda distinción fenomenológica.

Si lo que hace el arte es sustituir lo objetivo por lo imaginario, no hay posibilidad de experiencia artística. La imaginación tiene también una contextura objetiva, aunque no sea efectiva; permanece en la zona de lo intencionalmente objetivo. La experiencia artística debe desbloquear el efecto imaginario, que puede darse secundariamente, lo que implica el paso a la fantasía, que no tiene nada que ver con la imaginación. En consecuencia, en la experiencia artística no interviene decisivamente la imaginación, sino que se trata de explorar en el arte el espacio de orientación representado en una construcción, en un artefacto.

Esta distinción constituye uno de los fundamentos de la aproximación fenomenológica a la teoría estética contemporánea. Nos permite entender la naturaleza de la experiencia artística desde la oscilación conjugada artefacto-obra y desde la distinción fenomenológica Phantasia-Imaginación. En el caso de la experiencia de una obra de arte reaccionamos del mismo modo como reaccionamos ante la percepción de las cosas, o ante las piruetas que realiza un acróbata o ante la vertiginosa imagen del estrepitoso descenso en la montaña rusa: con todos los músculos del cuerpo, desde la cabeza hasta los pies. La vista ha perdido su privilegio de producción de simulacros. Si hay una fascinante ficción, ya no es el ojo el engañado, sino el cuerpo entero. En el régimen de Phantasia no hay unas síntesis objetivas que se correlacionen con operaciones, ni es el tiempo continuo centrado en un presente, ni es el espacio geométrico con sus puntos y dimensiones, ni hay tampoco significaciones que orienten la intención. Como en la experiencia de todo arte, la experiencia moviliza nuestro cuerpo y nos obliga a trabajar para percibir una realidad que ya no es objetiva, pero que ha de ser percibida en ausencia de lo imaginario y de la presencia propia de lo objetivo. Nuestro cuerpo sigue los lugares kinestésicos posibles con todos los movimientos musculares y afectivos, sin encontrar jamás una posición de visión pre-asignada, porque no existe.

 

  1. El cuerpo intermedio.

La experiencia del arte nos lleva al límite, al limes, cuando la identidad se desvanece y lo que está en juego es el sentido en su propio hacerse: el sentido de lo humano. Nos obliga a constituir interminablemente una espacialidad originaria, poniendo en marcha las kinestesias del cuerpo del receptor, quien debe seguir la representación como quien sigue un ritmo o melodía. El arte es ahora un espacio práctico que recrea virtualmente la vinculación del sistema kinestésico corpóreo con un campo de sensaciones, en busca de una necesaria, pero siempre fracasada, estabilidad.

En medio de este proceso fenoménico en marcha, su experiencia exhibe una temporalidad espaciada, espacializada, discontinua, en la que no hay ni presentes, ni continuidad, ni simultaneidad. Es una temporalidad flexible, de mera sucesividad, espaciada y rítmica, sin la regularidad del tiempo continuo. El presente amplía su presencia, mantiene ya lo que anticipa y conserva todavía lo que ha pasado. La espacialidad temporalizada, sin distancias, que en el arte define una situación, un lugar, a través del cuerpo, se funde ahora con la temporalización espaciada, sin presentes, propia del arte como forma radical y crítica de representación.

El yo expresivo, el ego (tú) de la zona intermedia, es una subjetividad en fantasía, como lo son sus síntesis, que transopera en lo transposible, pero con capacidad de producir síntesis de identificación reconocibles: las fantasías perceptivas y los signos de lengua con los que “pensamos”: el monólogo interior. Las configuraciones en fantasía de este nivel necesitan, para estabilizarse, ser orientadas por los signos de lengua, verdaderas apercepciones de lengua o sentidos sedimentados como kinestesias. Las fantasías perceptivas transposibles son encauzadas y animadas por las significaciones simples e identificadas como posibles.

Distinguiremos, por un lado, el registro de las apercepciones de lengua, “signos” lingüísticos del monólogo interior sin distinción de significante/significado, y, por otro lado, el registro de las apercepciones de phantasía, como en la experiencia de una obra de arte. Reconocemos, en esa instancia mediadora de las fantasías perceptivas:

  1. Una espacialidad que no es ni la espacialización originaria de los caminos de sentido, ni la espacialidad práctica de los sujetos operatorios, sino la espacialidad de orientación, de lugar y de interioridad / exterioridad topológica.
  2. Igualmente apreciamos, ahí, una temporalidad que no es ni la temporalización del hacerse de los sentidos y las subjetividades, ni la temporalidad con presentes simultáneos y en continuidad de la organización práctica de las operaciones, sino la temporalidad espaciada sin presentes en el ritmo de sucesión en el que hay remisión mutua de protenciones a retenciones.
  3. Y en cuanto a la significatividad, no habrá en esa instancia de intermediación, constituida básicamente por fantasías percibidas, no objetivas, pero tampoco esquemáticas, ni un mero “hacerse de sentidos”, ni los significados hechos y recortados, sino lo que Husserl diseñó en su Curso sobre la significación de 1908 como “simple significación”, monólogo interno, soliloquio.

Aquí será determinante lo que Husserl esboza en algunos textos de Hua XIII (Textos 10, 12 y 13) sobre la intersubjetividad, a saber, que la phantasia “perceptiva” es, en general, la base más arcaica del encuentro “intersubjetivo”. No hace necesariamente falta que el otro sea intuitivamente figurado en imagen, real o imaginaria, para que pueda yo encontrármelo como otro, será suficiente una palabra o una música.

Así como el cuerpo percibido, real, del actor entra en la Phantasia volviéndose transicional, otro tanto acontece con el cuerpo percibido del otro, caso de que la Einfühlung del otro sea de veras Fühlung del sí mismo del otro “desde dentro”, y lo mismo sucede con el texto escrito de la palabra dicha o con la música siempre que el sentido, que también incluye a la afectividad, de estas últimas se experimenta o vive “desde dentro”.

Ante el otro de cuerpo presente o en figuración intuitiva, como Leibkörper, tal como Husserl lo suele entender, lo extremadamente difícil es discernir en todo ello qué procede de la apercepción perceptiva, en Wahrnehmung, que percibe el cuerpo como cosa real, y qué de la imaginación o del fantasma, lo cual es del orden de la simulación o, también, de la proyección, y ello tanto para mí mismo, como para el prójimo. No es un personaje infigurable lo que está ahí en juego, como sí ocurre en el paso del Leibkörper a lo transicional de la “percepción” en phantasia; sino que, muy al contrario, se trata de una representación imaginaria de sí mismo que implica, además, una Spaltung, una escisión del verdadero sí mismo y del Yo de lo imaginario: PhantasieIch. Sea como fuere, que haya un otro con su irreductible “adentro”, lo que Husserl denomina su aquí absoluto, que viva su vida y no la mía, es cuestión que se desprende, en primer lugar, de que su vida, su interioridad o intimidad, no es, precisamente, figurable en intuición (imaginativa o perceptiva), sino “percibida” (perzipiert) en la phantasia “perceptiva”. En este registro, el más arcaico en el encuentro con el otro, ni el “sí mismo” ni el “sí mismo otro” están puestos o son siquiera posicionales, lo cual no quiere decir que no funcionen como tales en el curso de la experiencia. No siendo intencional, lo infigurable “percibido” en phantasia no es susceptible de parada o detención dóxica y no es, por ello, susceptible de constituir las variantes de variación eidética alguna.

En el caso de la pintura, es la propia figuración intuitiva e imaginativa la que, en la phantasia “perceptiva” que “percibe” también esa otra cosa, desempeña el papel de “objeto transicional”, en transición, precisamente, entre la imaginación y la phantasia, como si fueran, no ya los objetos representados en imaginación sobre el cuadro, sino lo infigurable “percibido” en phantasia, lo que les infundiera, a esos mismo objetos, “vida” y “movimiento”, residiendo el arte del pintor en haber depositado en el lienzo una parte indeterminable de la Leiblichkeit, de la “carne”, de la Chair, de su Leib, de su cuerpo vivo infigurable.

Podemos decir de un paisaje verdaderamente percibido, en Wahrnehmung, que es bello si se vuelve ficticio al volverse transicional, si entra en una phantasia “perceptiva” que, al tiempo que lo “percibe”, “percibe” también, en él, la belleza, infigurable por sí misma.

La música misma en su infigurablidad, “percibida” de este modo en phantasia, los sonidos o grupos de sonidos emitidos por los instrumentos estando, por su parte, en transición entre su realidad efectivamente emitida y percibida y su irrealidad “phantástica”, donde la entera interpretación musical se juega, precisamente, en ese “entre”.

La literatura, (novela y poesía) sería impensable sin la phantasia “perceptiva” que en ella desempeña un papel igual de fundamental. Reducida a la imaginación, la novela sería mera anécdota, ensoñación, transida por las estructuras del fantasma, y precisamente gracias a la phantasia “perceptiva”, sin figuración intuitiva o únicamente mediante figuraciones imaginativas muy vagas, “percibimos” los personajes, los enigmas de su intimidad y por ende las intrigas que se tejen entre ellos, su “vida” en suma, y que puede a veces ser más intensa o más “real” (sachlich).

La poesía, aunque más complejo, procede también igual: nos hace “percibir” en phantasia una suerte de “cuadro” inmaterial y de suyo infigurable donde están, libres e incoativamente en juego, toda suerte de movimientos afectivos y “corporales” que, sin mover objeto alguno, se mueven. También ahí es cuestión de imaginaciones que, puestas en juego por las palabras, se transmutan en objetos transicionales que permiten “percibir”, más allá de sí, algo parecido a un sueño sin “imágenes”.

Podría extenderse aún al pensamiento mítico y mitológico, y también a la filosofía. Husserl se abrió a una dimensión de infigurabilidad en intuición que no es la infigurabilidad clásica de las ideas, infigurabilidad para los sentidos y en particular, y desde Platón, para la visión sensible. Tal es pues su alcance revolucionario, alcance del que el propio Husserl, gran “descubridor” como era, no tomó entera medida, preocupado por el ideal racionalista de la ciencia. [“La mitología es una creación esencial y voluntaria de la fantasía”. A.W. Schlegel].

 

La zona de enlace, de intermediación, entre la zona superior de las fantasías libres y la inferior de la objetividad plenamente intencional es la zona de este cuerpo intermedio que la tradición interpretó como el lugar de la unión del alma y del cuerpo, teniendo en cuenta que el alma es también “cuerpo” (Leib y no Körper), donde hay kinestesias de fantasía y hay kinestesias físicas. Esta zona intermedia, que se exhibe como un cuerpo medio, entre el cuerpo interno (Leib) y el cuerpo externo (Körper), es el yo expresivo en el que habitualmente vivimos, cuando pensamos, queremos, sentimos, sin actuar, sin operar, retirados del mundo de la objetividad y de la efectividad; todo ello en una temporalidad sin presentes, en una temporalidad de fases, en las que las protenciones y las retenciones son originarias, como cuando escuchamos música, o cuando intentamos entender lo que leemos o nos dicen, porque todavía no existe la continuidad de lo que Husserl llamaba el presente vivo.

Hay dos formas de acceso a esta subjetividad intermedia. Desde el sujeto operatorio, reflexivo, en intersubjetividad, deberemos reconocer que la subjetividad del monólogo o soliloquio interior es verdaderamente un ego, aislado, contrapuesto a un tú, pero que no es un sujeto de actos, un sujeto operatorio. Sus síntesis, las apercepciones de fantasía y las apercepciones de lengua, no se delimitan en lo posible, porque no son anticipables y pre-pensables como posibilidades dadas, sino que constituyen un territorio transposible, con sus correspondientes transoperaciones. Este ego (tú) de la zona intermedia es una subjetividad en fantasía, como lo son sus síntesis, que transopera en lo transposible, con capacidad de producir síntesis de identificación reconocibles: las fantasías perceptivas y los signos de lengua con los que “pensamos”.

Hay otro modo de acceder a esta zona intermedia, saltando el enorme hiato superior, por transposición desde la zona de las puras fantasías. Sin embargo, esta zona de partida no está dada: es el inconsciente fenomenológico. Cuando la subjetividad anónima, no egoica, entra en el territorio simbólico, con una intencionalidad más grave, se produce la inserción concreta y singular del sujeto en la institución simbólica. Es el dificultoso tránsito de la singularidad fenomenológica a la singularidad simbólica, y el traumático ingreso en el mundo de la Institución (Stiftung): la sedimentación de un núcleo de hábitos que se han instituido prematuramente en el proceso de consolidación del sentido sin haber sido vividos. Este “bloque de sentidos” constituye su intriga simbólica, una sedimentación precipitada que ocurre fuera de la conciencia del propio ego. Aquí reconoceremos aquellas extrañas y premonitorias palabras de Maurice Merleau-Ponty: “No soy yo quien me hace pensar, como tampoco soy yo el que hace latir mi corazón”.