Una investigación sobre la fenomenología aplicada al mundo de la arquitectura y de la salud.
Con la colaboración de la Facultad de Diseño y Comunicación de la Universidad de Palermo (UP), la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Diseño de la Universidad de Mendoza (UM), la Facultad de Arquitectura de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH), la Universidad de Zaragoza (UNIZAR) y Believe in Art.

La aplicación de la fenomenología al diseño y a la arquitectura exige comprender que todo espacio construido, todo objeto diseñado y toda configuración urbana se experimentan antes de ser interpretados como formas, funciones o mercancías. La arquitectura no se limita a organizar volúmenes, superficies, circulaciones y estructuras, del mismo modo que el diseño no consiste únicamente en resolver necesidades mediante objetos eficaces. Ambos campos intervienen en la manera en que los seres humanos perciben, sienten, recuerdan, imaginan, se orientan, se relacionan y habitan el mundo. Por ello, una fenomenología aplicada puede ofrecer herramientas decisivas para analizar y transformar los procesos proyectuales, siempre que no se reduzca a una estética de la experiencia ni a una colección de impresiones subjetivas, sino que se entienda como una investigación rigurosa sobre las condiciones de aparición del espacio, del tiempo, del cuerpo, de los afectos, de los símbolos y de las prácticas cotidianas.

Aplicar de modo efectivo los dinamismos subjetivos de naturaleza fenomenológica al diseño y a la arquitectura implica introducir en el proceso proyectual una atención sistemática a la experiencia vivida. La percepción, la memoria, la imaginación, la expectativa, la atención, el hábito, la orientación corporal y la afectividad no son fenómenos secundarios que aparezcan una vez concluido el proyecto, sino dimensiones que participan desde el comienzo en la configuración de cualquier entorno. Un edificio es recorrido, una vivienda es apropiada, una plaza es anticipada, un utensilio es manipulado y un espacio sanitario es padecido o habitado desde una corporalidad concreta.

El proyecto debe preguntarse, por tanto, cómo se ofrece un umbral al cuerpo, qué tipo de atención suscita una determinada iluminación, cómo se experimenta una escala, qué recuerdos activa un material, qué posibilidades de acción abre un mobiliario y qué formas de dependencia, autonomía, seguridad o exposición genera una distribución espacial. Esta perspectiva permite superar la separación rígida entre sujeto y objeto, porque muestra que la experiencia espacial surge en la relación dinámica entre las capacidades corporales, las condiciones materiales y las significaciones culturales. Aplicar la fenomenología no significa diseñar exclusivamente según gustos individuales, sino comprender las estructuras compartidas de la experiencia sin ignorar sus diferencias históricas, sociales, culturales, funcionales y afectivas. Para que esta aplicación sea efectiva, resulta necesario crear equipos transdisciplinares en los que los profesionales dedicados a la investigación en fenomenología aplicada colaboren con arquitectos, diseñadores y profesionales de la salud.

La complejidad de la experiencia humana no puede ser abordada adecuadamente desde una sola disciplina. Los arquitectos poseen conocimientos sobre organización espacial, construcción, estructura y contexto urbano; los diseñadores conocen los procesos de interacción con objetos, interfaces, materiales y sistemas de uso; los profesionales de la salud aportan una comprensión específica de la vulnerabilidad, la dependencia, la rehabilitación, el dolor, la percepción alterada, el envejecimiento y las condiciones de bienestar; los investigadores en fenomenología pueden contribuir con métodos de descripción y análisis de la experiencia vivida, evitando que el proyecto se base exclusivamente en métricas abstractas o en supuestos generalizados sobre los usuarios.

En estos equipos también deberían participar pacientes, personas mayores, niños, cuidadores, trabajadores, habitantes de los barrios y comunidades directamente afectadas por las intervenciones. La transdisciplinariedad no consiste en yuxtaponer informes independientes, sino en construir un lenguaje común capaz de traducir las experiencias en decisiones proyectuales. Una descripción fenomenológica del miedo en un pasillo hospitalario, por ejemplo, debe poder convertirse en una investigación sobre la iluminación, la visibilidad, la acústica, los recorridos, la privacidad, la escala y la presencia de acompañamiento. Del mismo modo, la experiencia de desorientación de una persona con deterioro cognitivo puede orientar la elección de referencias espaciales, contrastes, secuencias, texturas y señales no invasivas. Esta colaboración debe desarrollarse dentro de las dinámicas reales de proyecto y no únicamente en fases académicas o posteriores a la construcción.

La fenomenología aplicada puede intervenir en la formulación del programa, en la identificación de necesidades, en la elaboración de prototipos, en la observación de usos, en las pruebas con usuarios y en la evaluación de los espacios una vez ocupados. Conviene establecer procedimientos de escucha y descripción que permitan reconocer la diferencia entre lo que las personas declaran, lo que hacen y lo que efectivamente viven. Las entrevistas, los relatos de experiencia, los recorridos comentados, los diarios de uso, la observación participante y los talleres sensoriales pueden complementar los datos cuantitativos sin pretender sustituirlos.

La investigación debe respetar la diversidad de experiencias y evitar transformar categorías fenomenológicas en etiquetas rígidas. No existe una vivencia universal del espacio que pueda imponerse de manera indiferenciada; existen estructuras de experiencia que se concretan de modos diversos según la historia corporal, el entorno social, la cultura, las capacidades y las circunstancias de cada persona. La transferencia de conocimientos desde el ámbito de la fenomenología al análisis de las formas arquitectónicas, los materiales, los espacios, los tiempos y los recursos prácticos exige convertir conceptos filosóficos en instrumentos de observación y de decisión sin empobrecerlos.

Las formas arquitectónicas pueden estudiarse como configuraciones que orientan la mirada, regulan el movimiento, modulan la proximidad y establecen relaciones entre apertura y cierre. Un muro no es solamente un elemento constructivo: puede proteger, separar, ocultar, contener, excluir o proporcionar orientación. Una ventana puede ofrecer luz, horizonte y vínculo con el exterior, pero también exposición, vigilancia o sensación de inseguridad. Una escalera puede ser un dispositivo de conexión, esfuerzo, pausa, encuentro o barrera. Los materiales, por su parte, no se reducen a sus propiedades técnicas. Tienen temperatura, textura, peso aparente, resonancia acústica, capacidad de envejecimiento y presencia táctil; participan en la atmósfera y en la memoria del lugar. Su elección puede favorecer la familiaridad, la dignidad, la calma, la legibilidad y el cuidado, o producir rechazo, frialdad, desorientación y sensación de abandono.

También es fundamental transferir la atención fenomenológica al tiempo. Los espacios no se viven como objetos estáticos, sino como secuencias, ritmos y duraciones. La arquitectura organiza esperas, transiciones, pausas, aceleraciones y repeticiones. El tiempo de una persona que atraviesa un vestíbulo de manera cotidiana no es el mismo que el de alguien que llega por primera vez, ni el de quien espera un diagnóstico, cuida a un familiar o busca refugio. El diseño de un espacio debe considerar tanto el tiempo previsto por el programa como los tiempos efectivamente vividos por sus usuarios. Esto supone analizar la duración de las tareas, el tiempo de adaptación, el ritmo de los desplazamientos, la posibilidad de detenerse, la existencia de lugares intermedios y la capacidad del entorno para acompañar transformaciones futuras.

Los recursos prácticos —desde un tirador hasta un sistema de señalización, desde una superficie de apoyo hasta una solución de almacenamiento— deben ser evaluados según la manera en que hacen posible o dificultan una acción concreta. La practicidad no se agota en que algo funcione en términos abstractos: debe funcionar para un cuerpo situado, con una historia, unas capacidades y unas necesidades determinadas. La corporeidad debe configurar los procedimientos arquitectónicos y de diseño como eje o punto cero de la vivencia interna del cuerpo y de la constitución del espacio y del tiempo. El cuerpo no es un objeto más dentro del espacio, ni un simple soporte biológico al que después se adapta una forma arquitectónica. Es el centro dinámico desde el cual aparecen las distancias, las direcciones, las alturas, las proximidades, los obstáculos, los refugios y las posibilidades de movimiento. El espacio se constituye en relación con un cuerpo que se desplaza, alcanza, gira, se sienta, descansa, observa, escucha y toca. Del mismo modo, el tiempo se experimenta desde los ritmos corporales, la fatiga, la espera, la urgencia, la repetición y la memoria de los gestos. Diseñar desde la corporeidad significa comenzar por las acciones y no únicamente por las representaciones formales del cuerpo ideal. Esta consideración tiene consecuencias directas para la accesibilidad y la inclusión.

El cuerpo tomado como punto cero no puede identificarse con el cuerpo joven, fuerte, erguido, vidente, oyente y sin limitaciones que muchas veces ha dominado la historia del diseño. Debe comprenderse como una corporeidad plural y vulnerable, capaz de transformarse a lo largo de la vida. Una arquitectura verdaderamente corporal debe incluir cuerpos con movilidad reducida, cuerpos enfermos, cuerpos fatigados, cuerpos infantiles, cuerpos envejecidos, cuerpos embarazados y cuerpos que se relacionan con prótesis, ayudas técnicas o acompañantes. La cuestión no consiste solamente en cumplir unas dimensiones mínimas, sino en permitir que las personas se orienten, actúen y participen con dignidad.

Un espacio accesible no es aquel que tolera la diferencia después de haber sido concebido para un usuario abstracto, sino aquel que reconoce desde el inicio la diversidad de las formas de habitar. La afectividad debe conducir a una reformulación de las concepciones arquitectónicas y del diseño de espacios, tiempos, interiores, utensilios y mobiliarios, entendida como régimen de la fantasía perceptiva. Las personas no perciben de manera neutral. Toda percepción se encuentra modulada por estados de ánimo, recuerdos, deseos, temores, expectativas y asociaciones imaginarias. Un mismo corredor puede aparecer como acogedor, solemne, amenazante o interminable según la situación de quien lo atraviesa.

La afectividad no es una decoración psicológica añadida a una forma ya constituida. Es una dimensión que participa en la manera en que la forma se manifiesta. Por eso, el diseño de un entorno debe atender a las atmósferas que produce y a los modos en que orienta la sensibilidad. La luz, el color, la acústica, el olor, la densidad de los objetos, la posibilidad de controlar la intimidad y la presencia de elementos naturales pueden contribuir a configurar experiencias de seguridad, descanso, concentración, pertenencia o apertura. La expresión “fantasía perceptiva” permite reconocer que la experiencia no se limita a registrar estímulos presentes. Un interior puede sugerir posibilidades de vida, evocar una casa familiar, anticipar una actividad, recordar una pérdida o despertar una imagen de futuro. Los objetos y los espacios están rodeados de horizontes de sentido que desbordan su función inmediata.

Un banco puede ser un lugar de descanso, pero también de conversación, espera, observación o encuentro casual. Una mesa puede organizar el trabajo, la alimentación, el aprendizaje y la convivencia. Un dormitorio puede funcionar como espacio de sueño, recuperación, intimidad y protección. Reformular el diseño desde la afectividad implica estudiar estas posibilidades sin manipularlas de manera persuasiva o comercial. El objetivo no debe ser producir emociones predeterminadas para aumentar el consumo, sino crear condiciones espaciales que permitan una relación más libre, segura y significativa con el mundo. La intervención de los procesos de simbolización en la arquitectura y el diseño debe realizarse desde una escala fenomenológica que sitúe lo humano como punto de partida.

La arquitectura simboliza mediante formas, materiales, proporciones, recorridos, monumentos, límites y relaciones con el paisaje. Los edificios públicos, las viviendas, los centros educativos, los hospitales y los espacios de memoria expresan ideas sobre la comunidad, la autoridad, la igualdad, la pertenencia y la dignidad. Sin embargo, los símbolos no se reciben de manera automática. Se constituyen en la experiencia, en el uso, en la memoria colectiva y en la interacción con las prácticas sociales. Un edificio puede pretender representar apertura y transparencia, pero ser vivido como inaccesible, intimidatorio o excluyente. Un espacio puede presentarse como neutral y, sin embargo, reproducir jerarquías sociales mediante su distribución, sus controles y sus formas de vigilancia.

Situar lo humano como punto de partida no significa reducir la arquitectura a una escala individual ni rechazar la dimensión colectiva de los símbolos. Significa preguntarse cómo las personas concretas comprenden, incorporan y transforman las significaciones espaciales. Los símbolos deben ser examinados desde el modo en que afectan la experiencia del habitar: quién se siente reconocido, quién queda fuera, qué memorias se hacen visibles, qué cuerpos pueden ocupar el espacio y qué relatos se consideran legítimos. La arquitectura y el diseño pueden contribuir a una cultura de la convivencia cuando no imponen una única lectura, sino que ofrecen posibilidades de apropiación, interpretación y participación. Esto resulta especialmente importante en contextos plurales, donde las identidades, las memorias y las formas de uso no son homogéneas. Los análisis del proceso de significación deben trasladarse desde una arquitectónica fenomenológica hacia los resultados de la arquitectura y el diseño, entendidos como contextos de comprensión del habitar y del utilizar.

Una arquitectónica fenomenológica puede entenderse como el estudio de los niveles, relaciones y condiciones mediante los cuales algo llega a aparecer con sentido para una conciencia encarnada. En el ámbito proyectual, esto implica seguir el recorrido que va desde la intención y la percepción iniciales hasta la configuración material, la práctica cotidiana y la interpretación social del resultado. No basta con analizar qué quiso expresar el autor o qué función aparece descrita en el programa. Es necesario estudiar cómo el edificio, el espacio o el objeto se incorporan a las rutinas, cómo se reconocen sus posibilidades, cómo se modifican sus significados con el tiempo y cómo son reinterpretados por distintos grupos. La arquitectura y el diseño deben concebirse como contextos de comprensión porque proporcionan marcos en los que las acciones se vuelven inteligibles. Una cocina organiza no solamente electrodomésticos y superficies de trabajo, sino también prácticas de alimentación, cuidado, sociabilidad y autonomía. Una biblioteca no es únicamente un lugar que almacena libros: establece condiciones de concentración, búsqueda, silencio, encuentro y transmisión del conocimiento. Un banco urbano puede facilitar el descanso, pero también hacer visible quién puede permanecer en el espacio público y durante cuánto tiempo.

Los resultados proyectuales orientan la comprensión de lo que se puede hacer, de lo que se espera de cada usuario y de las relaciones que se consideran normales. Por ello, evaluar un proyecto significa analizar no solo su belleza, eficiencia o innovación, sino también el mundo de acciones y relaciones que hace posible. Esta perspectiva permite transformar la concepción de la utilidad y de la practicidad a partir de la experiencia histórica de la vivencia inmanente del espacio, del tiempo, del cuerpo, de los afectos y de los símbolos. La utilidad no debería definirse únicamente por el cumplimiento de una función aislada ni por la reducción de costes, tiempos o movimientos. Un objeto puede ser técnicamente eficiente y, al mismo tiempo, generar fatiga, dependencia, confusión o pérdida de dignidad. Un edificio puede cumplir su programa y resultar inhabitable; una ciudad puede facilitar el desplazamiento de vehículos y dificultar la vida cotidiana de quienes caminan, esperan, cuidan o necesitan permanecer.

La experiencia histórica muestra que las formas de habitar cambian y que la utilidad se encuentra vinculada a valores sociales, modelos familiares, tecnologías, condiciones económicas y concepciones del cuerpo. La practicidad debe entenderse como una relación situada entre un entorno y un conjunto de acciones humanas. Algo es práctico cuando facilita una actividad sin ignorar sus dimensiones corporales, afectivas, temporales y simbólicas. Esto exige pasar de una utilidad abstracta a una utilidad vivida. Un espacio sanitario será práctico no solo si permite atender pacientes con rapidez, sino también si reduce la incertidumbre, protege la intimidad, facilita la orientación y ofrece condiciones de descanso a pacientes, familiares y trabajadores. Una vivienda será práctica no únicamente por su superficie, sino por su capacidad para admitir diferentes ritmos, tareas, relaciones y transformaciones a lo largo del tiempo.

El diseño debe asumir que la función no es una propiedad fija de los objetos, sino una posibilidad que se actualiza en prácticas concretas. En consecuencia, los proyectos deberían evaluarse mediante criterios de rendimiento técnico y mediante criterios de experiencia, apropiación, autonomía, cuidado, mantenimiento, adaptabilidad y significado. Todo ello debe contextualizar las prácticas arquitectónicas y de diseño dentro de una ética irrenunciable del cuidado que oriente los proyectos futuros hacia la salud y la humanización. El cuidado no debe confundirse con una actitud paternalista ni con la simple prevención de riesgos. Es una forma de reconocer la vulnerabilidad compartida, la dependencia mutua y la responsabilidad que tienen los entornos sobre las vidas que acogen.

Toda arquitectura distribuye protección y exposición, comodidad y esfuerzo, visibilidad y privacidad, acceso y exclusión. Por esta razón, proyectar implica asumir consecuencias éticas. La pregunta no es solo qué forma tendrá un edificio o qué objeto se producirá, sino a quién beneficiará, quién lo mantendrá, quién podrá utilizarlo, qué cargas impondrá y qué formas de vida favorecerá. Una ética del cuidado debe abarcar todas las fases del proyecto. Incluye la extracción y procedencia de los materiales, las condiciones laborales de quienes construyen, el impacto ambiental, el consumo energético, la accesibilidad económica, la seguridad, la calidad del aire, el confort acústico, la facilidad de mantenimiento y la posibilidad de reparación. También comprende el cuidado de quienes realizan las tareas invisibilizadas que sostienen los edificios: limpieza, vigilancia, atención, mantenimiento, acompañamiento y gestión cotidiana.

La humanización no consiste en añadir elementos amables a espacios concebidos desde criterios exclusivamente productivos, sino en reorganizar las prioridades del proyecto alrededor de la vida concreta. Un entorno saludable debe favorecer el descanso, la orientación, la autonomía, la relación social, la intimidad, la exposición adecuada a la luz y la conexión con otros seres humanos y con el mundo natural. La ética del cuidado también exige considerar la temporalidad de los proyectos. Un edificio no termina cuando se inaugura, y un objeto no agota su sentido cuando sale al mercado. La vida útil, las transformaciones familiares, los cambios demográficos, las crisis sanitarias, las migraciones, las emergencias climáticas y las innovaciones tecnológicas pueden modificar radicalmente las necesidades de un lugar.

Diseñar con cuidado significa prever adaptación, reparación, reutilización y desmontaje. La arquitectura debe abandonar la obsesión por la novedad permanente y recuperar la importancia de la continuidad, la conservación y la capacidad de acompañar la vida. El mejor proyecto no es siempre el más espectacular, sino aquel que puede sostener usos diversos, admitir modificaciones y continuar ofreciendo bienestar sin producir daños desproporcionados.

Finalmente, la experiencia fenomenológica debe incorporarse a las políticas públicas, las normativas y las estrategias legislativas que regulan la actividad constructiva, urbanística y de diseño. Las leyes suelen apoyarse en estándares cuantificables indispensables, pero insuficientes para describir la calidad vivida de los espacios. Las dimensiones mínimas, los índices de ocupación, las condiciones estructurales y los requisitos de seguridad deben complementarse con criterios relativos a la legibilidad, la accesibilidad efectiva, la dignidad, la intimidad, el confort sensorial, la salud mental, la participación y la capacidad de apropiación.

Incorporar la fenomenología a las políticas públicas no significa convertir las normas en expresiones subjetivas imposibles de verificar, sino ampliar los métodos mediante los cuales se identifica y se evalúa el impacto de las decisiones constructivas. Para ello, las administraciones pueden exigir procesos participativos cualificados, evaluaciones de experiencia de usuario, auditorías de accesibilidad real, estudios de impacto sobre la salud y mecanismos de seguimiento posteriores a la ocupación de los edificios. Las políticas urbanas deberían incluir la experiencia de quienes viven los territorios y no limitarse a representar a la población mediante estadísticas generales. Los indicadores demográficos, económicos y ambientales pueden enriquecerse con información sobre percepción de seguridad, facilidad de orientación, tiempos de desplazamiento, disponibilidad de descanso, calidad de las relaciones vecinales, percepción de pertenencia y posibilidades de participación. En hospitales, escuelas, residencias, viviendas sociales y espacios de atención pública, estas evaluaciones deberían formar parte de la planificación desde el inicio y no ser consideradas mejoras opcionales.

Las estrategias legislativas también deberían reconocer que la salud no depende exclusivamente de la atención médica, sino de las condiciones materiales y espaciales en las que transcurre la vida. La calidad del aire, la luz natural, el ruido, la temperatura, la densidad, el acceso a zonas verdes, la posibilidad de caminar, la disponibilidad de espacios de encuentro y la protección frente a la violencia afectan profundamente a la experiencia humana. Una normativa inspirada en la fenomenología y en la ética del cuidado debería orientar la construcción hacia entornos que no solo cumplan parámetros técnicos, sino que permitan vivir con mayor autonomía, seguridad, reconocimiento y bienestar. También debería proteger la diversidad cultural y evitar que los estándares se conviertan en instrumentos de homogeneización que borren las formas locales de habitar.

En este marco, la fenomenología aplicada no debe entenderse como una metodología cerrada ni como una receta formal. Es una actitud crítica y rigurosa que obliga a volver a la experiencia para comprobar cómo se constituyen y se transforman los significados del espacio, del tiempo, del cuerpo, de los objetos y de las relaciones humanas. Su contribución más importante consiste en recordar que la arquitectura y el diseño producen mundos habitables, no meros artefactos. Cada decisión proyectual configura posibilidades de movimiento, descanso, encuentro, aislamiento, cuidado, recuerdo, trabajo y participación. Integrar la fenomenología en la práctica profesional, en la investigación transdisciplinar, en la formación, en la evaluación y en la legislación permitiría desplazar el centro de gravedad de la arquitectura y el diseño: de la forma autónoma a la experiencia encarnada, de la utilidad abstracta al uso situado, de la innovación aislada a la responsabilidad histórica y de la construcción de objetos a la construcción cuidadosa de condiciones para la vida.